Dark Souls

Demon’s Souls fue un juego que llegó sin hacer demasiado ruido y dejó un muy buen sabor de boca en 2010, al combinar jugabilidad sensata a la par que complicada y entretenimiento a base de mandobles para acabar con hordas de demonios en el mundo de Boletaria. Ahora llega su secuela, Dark Souls, y la cosa de lo complejo crece, por la dificultad, suerte de reto personal, de afrontar los combates ante enemigos bien difíciles de abatir. Sigue el look de devastación, fuego y oscuridad y ese regusto de rivales que se retuercen como sacos de patatas en el suelo una vez abatidos. Es un universo Souls con seña de identidad propia.

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Dark Souls – El rol hecho acción bien compleja

El arranque de este juego también disponible en Xbox (Demon’s Souls era en exclusiva para PS3) exige configurar el perfil del personaje protagonista con muchas opciones y tanta información que asociamos inmediatamente el concepto rol. Guerrero, caballero, vagabundo, ladrón, bandido, cazador, hechicero, piromántico, clérigo o marginado son las sugerentes clases para darle personalidad a nuestro personaje antes de sumergirnos en la aventura. Somos, finalmente, un bandido negro con hacha, rostro de catarino jovial, pelo cola de caballo y prismáticos de regalo. Bien pertrechados desde la perspectiva friki, pues, entramos en un mundo amorfo, de noches eternas y la señal oscura de los no muertos.

Dark-Souls

 

Para poner un poco de orden en este caos no hay más que avanzar para encontrar los pasillos adecuados del castillo e ir batiendo a los desnudos oponentes. Y no lo pondrán fácil. La clave es dominar los gatillos y R1 mientras el resto de teclas del pad nos brindarán información o velocidad, pero no ataque. Y hay que echarle tiempo para dominar la colocación ante el enemigo, vital para asestar mandobles certeros. Aún así, duran y duran y no es bien complicado progresar sin incidencias. Es lo que tiene. Que no es un juego para neófitos. Bebe directamente en el pozo de la dificultad y tira de nuestro orgullo para superarnos.